Observo la lluvia caer
a través de mi ventana a la vez que contemplo cómo el cristal va empañándose
hasta que el vaho consigue cubrirlo por completo debido a la diferencia de
temperatura que hay entre la calle y mi cuarto.
Entonces, no puedo
contenerme más y lo hago. Dibujo con delicadeza su nombre sobre el cristal
utilizando mi dedo índice y, cuando termino, rompo a llorar.
Hoy las nubes estás
grises y lloran. Lloran como lloran mis ojos y mi corazón.
Le echo demasiado de
menos y eso que tan solo hace una semana desde que se fue. Se fue lejos de mí
hasta no sé cuándo ya que, quien lo decide es su padre, y él nunca aceptó
nuestra relación. Siempre la vio como algo malo porque él tiene dos años más
que yo, es decir, dieciocho. Por eso se lo ha llevado, para separarnos.
A veces me pongo a
pensar en ello y llego a la conclusión de que no entiendo nada. Ya es mayor de
edad y, si hubiera querido, podría haberse quedado aquí y no haberse ido con su
padre. ¿Por qué no lo hizo? Ni yo misma lo sé. Tal vez sea porque ya no me
quiere como antes, o porque no quiere hacer sufrir a su padre más de lo que ha
sufrido ya con la muerte de su madre hace un par de meses, o porque necesitaba que
nos diésemos un tiempo, o porque… No lo sé, la verdad, y prefiero no pensarlo
más porque no quiero pasarme días y noches llorando en mi cuarto sin cesar. Ni
quiero, ni puedo. Ahí afuera hay un mundo entero por conocer, donde, tal vez,
encuentre al amor verdadero.
Yo soy así, una
romántica hasta decir basta. Sueño con encontrar ese príncipe azul que esté
tanto en los buenos como en los malos momentos conmigo. Sé que esto no es un
cuento, pero no quiero vivir en la realidad continuamente porque, para mí, es agobiante ver cómo la vida pasa y no
soy capaz de vivirla al máximo por este motivo, porque necesito en ella una
persona que me haga sentir las ganas de vivir y disfrutar la vida al máximo.
Alguien que, cuando menos te lo esperas, te abrace. O que te calle con un beso
cuando estáis discutiendo por una tontería. Eso. Eso quiero yo.
Y, al pensar en lo del
beso, recuerdo el que me dio a mí antes de marcharse para despedirse. Fue tan
cálido y tierno que aún, si transporto ese precioso recuerdo en mi mente hasta
ahora, puedo sentir el tacto de sus labios sobre los míos.
Todo esto solo consigue
que aumenten más y más mis ganas de estar entre sus brazos otra vez y sentirme
protegida por ellos. Mis ganas de decirle “te quiero” cada vez que me plazca.
Mis ganas de besarle hasta que me duelan los labios. Mis ganas de perderme en esa
mirada azul celeste. Mis ganas de recorrer su cuerpo de arriba abajo hasta
aprendérmelo de memoria. Mis ganas de sentir que no existe nada más, solo él y
yo.
Pero todo esto no es
posible, y me duele. Me duele pensar que lo nuestro estaba predestinado a acabar. Que conocerá a otra y
se olvidará de mí, y yo, después de pasarme semanas llorando por haberle
entregado todo lo mejor de mí para nada, reharé mi vida sin temor a volver a
enamorarme porque el amor, pese a tener momentos difíciles, es lo más bonito
que existe en la vida ya que hace que ésta parezca un poco mejor de lo que lo
es.
Y es ahí cuando me doy
cuenta de que lo necesito. Necesito volver a verle una última vez y decirle
todo lo que siento antes de que el camino impida que volvamos a cruzarnos por
diversas piedras que nos harán tropezar y caer repetidas veces hasta que uno de
los dos se canse de ello y decida tomar otro camino dejando al otro tirado en
el suelo sin nada a lo que agarrarse para conseguir levantarse y continuar
andando por este largo y duro camino que es la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario