lunes, 24 de febrero de 2014

Una última vez

Observo la lluvia caer a través de mi ventana a la vez que contemplo cómo el cristal va empañándose hasta que el vaho consigue cubrirlo por completo debido a la diferencia de temperatura que hay entre la calle y mi cuarto.
Entonces, no puedo contenerme más y lo hago. Dibujo con delicadeza su nombre sobre el cristal utilizando mi dedo índice y, cuando termino, rompo a llorar.
Hoy las nubes estás grises y lloran. Lloran como lloran mis ojos y mi corazón.
Le echo demasiado de menos y eso que tan solo hace una semana desde que se fue. Se fue lejos de mí hasta no sé cuándo ya que, quien lo decide es su padre, y él nunca aceptó nuestra relación. Siempre la vio como algo malo porque él tiene dos años más que yo, es decir, dieciocho. Por eso se lo ha llevado, para separarnos.
A veces me pongo a pensar en ello y llego a la conclusión de que no entiendo nada. Ya es mayor de edad y, si hubiera querido, podría haberse quedado aquí y no haberse ido con su padre. ¿Por qué no lo hizo? Ni yo misma lo sé. Tal vez sea porque ya no me quiere como antes, o porque no quiere hacer sufrir a su padre más de lo que ha sufrido ya con la muerte de su madre hace un par de meses, o porque necesitaba que nos diésemos un tiempo, o porque… No lo sé, la verdad, y prefiero no pensarlo más porque no quiero pasarme días y noches llorando en mi cuarto sin cesar. Ni quiero, ni puedo. Ahí afuera hay un mundo entero por conocer, donde, tal vez, encuentre al amor verdadero.
Yo soy así, una romántica hasta decir basta. Sueño con encontrar ese príncipe azul que esté tanto en los buenos como en los malos momentos conmigo. Sé que esto no es un cuento, pero no quiero vivir en la realidad continuamente porque, para  mí, es agobiante ver cómo la vida pasa y no soy capaz de vivirla al máximo por este motivo, porque necesito en ella una persona que me haga sentir las ganas de vivir y disfrutar la vida al máximo. Alguien que, cuando menos te lo esperas, te abrace. O que te calle con un beso cuando estáis discutiendo por una tontería. Eso. Eso quiero yo.
Y, al pensar en lo del beso, recuerdo el que me dio a mí antes de marcharse para despedirse. Fue tan cálido y tierno que aún, si transporto ese precioso recuerdo en mi mente hasta ahora, puedo sentir el tacto de sus labios sobre los míos.
Todo esto solo consigue que aumenten más y más mis ganas de estar entre sus brazos otra vez y sentirme protegida por ellos. Mis ganas de decirle “te quiero” cada vez que me plazca. Mis ganas de besarle hasta que me duelan los labios. Mis ganas de perderme en esa mirada azul celeste. Mis ganas de recorrer su cuerpo de arriba abajo hasta aprendérmelo de memoria. Mis ganas de sentir que no existe nada más, solo él y yo.
Pero todo esto no es posible, y me duele. Me duele pensar que lo nuestro estaba  predestinado a acabar. Que conocerá a otra y se olvidará de mí, y yo, después de pasarme semanas llorando por haberle entregado todo lo mejor de mí para nada, reharé mi vida sin temor a volver a enamorarme porque el amor, pese a tener momentos difíciles, es lo más bonito que existe en la vida ya que hace que ésta parezca un poco mejor de lo que lo es.

Y es ahí cuando me doy cuenta de que lo necesito. Necesito volver a verle una última vez y decirle todo lo que siento antes de que el camino impida que volvamos a cruzarnos por diversas piedras que nos harán tropezar y caer repetidas veces hasta que uno de los dos se canse de ello y decida tomar otro camino dejando al otro tirado en el suelo sin nada a lo que agarrarse para conseguir levantarse y continuar andando por este largo y duro camino que es la vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario